El querido actor cubano Ray Cruz compartió recientemente un video en sus redes sociales que ha tocado una fibra sensible entre muchos cubanos dentro y fuera de la Isla. En las imágenes, el artista recorre la plaza comercial de Carlos III, uno de los espacios más emblemáticos de La Habana durante décadas, y expresa con visible tristeza el impacto que le provoca verla prácticamente vacía y deteriorada.
“Yo me crié aquí, tengo 40 años y me crié aquí. Yo soy de aquí, de La Victoria”, dice el actor en el video, mientras muestra un entorno desolado que contrasta de manera dolorosa con los recuerdos de su infancia. Sus palabras no solo describen un lugar físico, sino que evocan una época completa: la de los domingos familiares, los padres que cobraban su salario y pasaban el día entero con sus hijos en un espacio que entonces simbolizaba ocio, comunidad y cierta normalidad cotidiana.
Ray Cruz no disfrazó la emoción y contó que le duele ver una tienda “así, vacía”, con apenas “cuatro niños en dos aparatos”, donde antes había vida, ruido y risas. “Qué feo todo, de verdad”, resume, sin necesidad de adornos. La frase, simple y directa, funciona como un diagnóstico emocional compartido por generaciones de cubanos que han visto cómo espacios centrales de la vida social se han ido apagando.
El video ha generado una ola de reacciones en redes sociales. Muchos usuarios se han identificado con la nostalgia del actor y han comentado experiencias similares al reencontrarse con barrios, cines, parques o centros comerciales que marcaron su niñez y hoy lucen irreconocibles. Para otros, las declaraciones de Cruz ponen palabras a un duelo colectivo: el de la pérdida progresiva de lugares que estructuraban la vida familiar y comunitaria.
Más allá de la denuncia implícita o del lamento personal, el mensaje de Ray Cruz funciona como un testimonio generacional. No habla solo como actor, sino como habanero, como niño que fue y como adulto que regresa a los escenarios de su memoria. Su recorrido por Carlos III se convierte así en un espejo incómodo pero necesario, donde se reflejan el deterioro material y el desgaste emocional de una ciudad que sigue siendo profundamente amada, incluso en medio de la tristeza.


















