La Habana bajo el estruendo de los cacerolazos: Quinta noche de reclamos por apagones

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La Habana se ha convertido en un escenario de tensión constante durante la última semana. Lo que comenzó como quejas aisladas por la interrupción del servicio eléctrico ha escalado hasta convertirse en una manifestación masiva de descontento popular. Este martes 10 de marzo de 2026 marcó la quinta noche consecutiva de cacerolazos.

Se trata una forma de protesta que ha ganado fuerza en medio de una crisis energética que mantiene a oscuras a gran parte del país. La falta de respuestas oficiales y la prolongación de los cortes, que en algunas zonas superan las 15 horas diarias, han agotado la paciencia de una ciudadanía que ahora utiliza la oscuridad para hacer oír su reclamo.

Uno de los puntos más críticos de la jornada de cacerolazos ocurrió en el municipio de Marianao, específicamente en la zona de El Lido y El Palmar. Según reportes difundidos en redes sociales y testimonios de residentes, el cacerolazo en esta área no solo fue masivo, sino que terminó con una fuerte intervención de las fuerzas del orden.

Vecinos informaron que, tras el inicio del estruendo de las ollas, varias patrullas y agentes vestidos de civil incursionaron en las calles, resultando en la detención de varios manifestantes. Los audios compartidos desde el lugar captaron gritos de «cinco días sin corriente» y frases de desesperación antes de que las comunicaciones se vieran interrumpidas.

Pero Marianao no estuvo solo. En El Vedado y Miramar, áreas que históricamente habían sido más tranquilas, el sonido metálico de los cacerolazos también se hizo sentir.

En estos barrios, la protesta adquirió un matiz diferente, con vecinos golpeando recipientes desde sus balcones y portales, creando una sinfonía de descontento que se extendía por cuadras enteras. La visibilidad de estas zonas, donde residen diplomáticos y personal extranjero, añade una capa de presión política adicional al gobierno, que intenta manejar la crisis bajo la sombra de un déficit generacional que roza los 1.800 megavatios.

La situación es especialmente precaria debido a que los apagones no solo afectan la iluminación; la falta de energía ha paralizado el bombeo de agua en varios distritos y ha provocado la pérdida de alimentos refrigerados, un golpe devastador para la economía familiar.

Mientras la Unión Eléctrica (UNE) atribuye el colapso a averías en la termoeléctrica Antonio Guiteras y a la falta de combustible, los manifestantes en las calles de San Miguel del Padrón y La Habana Vieja exigen soluciones inmediatas. El clima de indignación es palpable, y el temor a una escalada mayor mantiene a la ciudad en un estado de vigilia permanente, donde cada caída de la noche se recibe con el temor al apagón y la certeza de que el ruido de las cacerolas volverá a sonar.

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