Familiares de involucrados en suceso de Corralillo hablan. Hay «algo» que no cuadra

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En Florida, la noticia llegó como llegan casi todas las tragedias de este tipo: tarde, confusa y por terceros. La esposa de Héctor Duardy Cruz Cabrera habló con Univisión sin saber todavía que su pareja estaba entre los fallecidos. Dijo que no pertenecía a ninguna organización, que trabajaba como albañil en los Cayos, que era “el ser humano más tranquilo”. Horas después, el régimen cubano lo incluyó entre los muertos, aunque con otro nombre: Héctor Duani Cruz Correa.

El hermano de Michel Ortega Casanova, otro de los fallecidos, fue más directo: “Eso está mal contado”. Reconoció que su hermano tenía inquietudes políticas, que poseía armas —algo legal y común en Estados Unidos—, pero que no lo veía como alguien dispuesto a lanzarse en una incursión armada contra Cuba.

Entre los cuatro muertos está Pavel Alling Peña. Camagüeyano, licenciado en Historia del Arte, profesor de literatura, escritor premiado en poesía y narrativa. No encaja fácil en el molde de “mercenario armado” con discurso prefabricado. Antes de morir, había publicado un video donde rechazaba el anexionismo y defendía la soberanía nacional con un tono casi martiano.

“Allí donde se promete comodidad a cambio de renuncia, hay un camino que se disfraza de salvación”, dijo en esa grabación. Y añadió una frase que hoy resuena incómoda: “Cuba no es solo un territorio en el mapa. Es un latido colectivo”.

También fue tajante: “No quiero anexión y no pienso discutirlo con nadie”. Defendía la identidad nacional y hablaba de libertad sin tutelas externas.

¿Puede alguien sostener ese discurso y, semanas después, participar en una incursión armada? Es posible. Las personas cambian, se radicalizan, se contradicen. Asumen un ideal. Se convierten en idealistas convencidos. Gente que asume como inaplazable el compromiso de liberar un país. Miles lo han hecho.

Alling no era un anexionista. No era un agitador público conocido. No era, al menos en sus redes, un hombre que alabara la intervención externa. Su presencia en esa lancha obliga a ampliar la mirada o, como mínimo, a dejar de repetir etiquetas sin matices. Aunque bien sabemos que eso, a La Habana, no le importa mucho. Desde allí sostienen que se trató de una “infiltración con fines terroristas”, con diez hombres armados, fusiles, chalecos antibalas, mirillas y cócteles Molotov. Mercenarios.

Carlos Fernández de Cossío, viceministro de Relaciones Exteriores, intentó vestir el episodio con traje de normalidad diplomática: dijo que desde el primer momento Cuba mantuvo comunicación con sus contrapartes estadounidenses —incluidos el Departamento de Estado y el Servicio de Guardacostas— y que existe “disposición a intercambiar” para esclarecer lo ocurrido. En su versión, el gobierno cubano pedirá información sobre los implicados, la embarcación y otros detalles mediante los mecanismos bilaterales vigentes, y aseguró que la parte estadounidense ha mostrado voluntad de cooperar.

El problema es que esa oferta de diálogo llega pegada a un encuadre máximo (“infiltración con fines terroristas”), a una lista de nombres que salió mal y tuvo que ser corregida, y a la promesa de que “se brindarán más detalles en los próximos días”. Dicho de otro modo: La Habana propone conversar mientras administra el caso como si fuera un expediente propio, con los sobrevivientes retenidos bajo custodia hospitalaria y el acceso a la información dosificado por comunicados.

Al mismo tiempo, no todo apunta en una sola dirección. Un exmiembro del grupo habló desde Florida con el periodista Javier Díaz y afirmó que existían entrenamientos y ambiciones internas, que hubo fracturas y que otros movimientos estaban listos para actuar si la incursión tenía éxito.

Por su parte, otro video difundido por Javier Díaz muestra a dos hombres manipulando armas y hablando de alcance efectivo. Hay preparación, al menos en parte.

Cuatro hombres murieron. Seis permanecen heridos y bajo custodia. Hay armas en la ecuación. Hay aviso previo. Hay nombres corregidos. Hay familiares que no reconocen el perfil descrito por el Estado. Hay un gobierno que ofrece diálogo mientras controla el acceso a la información. Hay un gobierno estadounidense que no acepta la versión cubana como definitiva.

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