Experto y periodista coinciden: Hay corrupción, mala gestión interna y los cubanos no confían en sus dirigentes

Havana
algo de nubes
23.2 ° C
23.2 °
23.2 °
88 %
3.1kmh
20 %
Dom
27 °
Lun
28 °
Mar
27 °
Mié
29 °
Jue
29 °

La entrevista entre la presentadora de CNN, Bianna Golodryga, Jon Lee Anderson, emitida en el programa Amanpour, dejó algo más que una lectura geopolítica sobre Cuba: dibujó un diagnóstico compartido donde confluyen presión externa, errores internos y una población agotada que ya no cree en sus dirigentes.

El punto de partida fue la llegada de un petrolero ruso autorizado por la administración de Donald Trump, una decisión que Washington presentó como gesto humanitario. Golodryga abre el debate precisamente desde ahí: ¿es realmente ayuda o una maniobra política? Anderson no duda en responder que ambas cosas conviven, pero con una intención clara detrás.

Según el periodista y experto en temas cubanos, quien ha vivido periodos largos de tiempo en la isla y ha escrito centenares de piezas sobre ella, permitir la entrada del petróleo busca aliviar la imagen internacional de una crisis humanitaria que, en buena medida, se ha agravado por las propias restricciones energéticas impuestas desde enero. Hospitales sin electricidad, cirugías suspendidas, falta de agua potable y servicios básicos deteriorados forman parte del cuadro descrito.

Pero esa “flexibilización” también tiene otra lectura: reafirmar quién tiene el control. Anderson explica que el gesto coloca a Estados Unidos como actor indispensable en la supervivencia energética de Cuba, reforzando la idea de dependencia y enviando un mensaje directo a La Habana en medio de contactos que, según señala, se están produciendo.

La conversación avanza entonces hacia la pregunta clave: ¿qué busca realmente Trump? Anderson lo reduce a una lógica de poder. No identifica un objetivo estructurado de política exterior, sino una estrategia centrada en proyectar dominio, tanto hacia dentro —su base política— como hacia fuera que se pudiera resumir en una frase: «Sobrevives porque yo existo».

Golodryga introduce aquí un elemento importante: su propia entrevista previa con el viceministro cubano Carlos Fernández de Cossío, quien afirmó que La Habana está abierta al diálogo, pero no al cambio de régimen. Anderson coincide con esa línea. Señala que el gobierno cubano podría repetir una apertura económica como la de la era Obama, pero no negociará su propia desaparición política. Cualquier concesión en ese sentido sería interpretada como debilidad interna.

A partir de ese punto, la entrevista cambia de plano y entra en lo que realmente sostiene el relato: la situación dentro de la isla.

Golodryga menciona directamente escenas recogidas por Anderson en su reportaje: hospitales sin insumos, aumento de enfermedades, deterioro de las condiciones de vida. Pero introduce un detalle que marca el tono de la conversación: la frase de un cubano que, en medio del colapso, pregunta con ironía “¿dónde está la Delta Force?”, en referencia a la operación en Venezuela donde fue capturado Nicolás Maduro.

Anderson la presenta como humor negro, pero también como señal de hasta qué punto ha cambiado el clima social y señala que, incluso personas que fueron leales al sistema, llegan a formular ese tipo de preguntas, no necesariamente como deseo literal de intervención armada, sino como síntoma de frustración extrema y deseo de salida de una crisis; una idea que conecta con el núcleo del diagnóstico que ambos comparten: el agotamiento.

Anderson lo formula sin rodeos. Después de años de crisis acumulada, muchos cubanos están “hartos de la situación” y han dejado de pensar en términos ideológicos. Lo que predomina, según su experiencia en la isla, es una aspiración básica: vivir una vida normal en base a demandas concretas: comida, electricidad, acceso a medicinas, posibilidad de trabajar y sostener a la familia; elementos que ni siquiera forman parte de un lenguaje político articulado. Golodryga refuerza esa idea con testimonios recogidos en la calle, donde ciudadanos describen apagones constantes, deterioro físico y cansancio acumulado.

Sin embargo, Anderson introduce un matiz que evita simplificaciones. No todos los cubanos quieren lo mismo. Algunos podrían aceptar cambios radicales, incluso influenciados por modelos externos, pero otros rechazan tanto el sistema actual como una solución impuesta desde fuera. Y lo que es peor: el ve a un país aparece fragmentado, sin una dirección clara.

A la pregunta de «¿qué tan cerca está Cuba de un colapso total?«, Anderson responde desde la comparación histórica. Vivió el Período Especial tras la caída de la Unión Soviética y afirma que la situación actual es igual de grave, incluso peor en algunos aspectos como el suministro eléctrico; y señala que la diferencia de aquella época con la actual, es que hoy los cubanos están conectados al mundo, pueden comparar su realidad y, en muchos casos, emigrar.

Luego, el experto lanza una advertencia: si la presión externa aumenta sin control, el resultado podría ser el caos. No una transición ordenada, sino un colapso con consecuencias imprevisibles. Un escenario que, según él, no beneficiaría ni a Estados Unidos ni a Cuba.

Y… ¿de quién es la culpa?

En el tramo final de la conversación, cuando abordan directamente el tema de «las culpas», se produce una coincidencia clara entre Golodryga y Jon Lee Anderson: el gobierno cubano insiste en atribuir la crisis al embargo y a décadas de sanciones, pero en la calle el discurso es otro, más complejo y menos complaciente. Anderson señala que, aunque muchos reconocen el impacto real de las restricciones externas, también perciben con nitidez los fallos internos acumulados —corrupción, mala gestión, decisiones económicas erráticas— y una dirigencia que no ha sabido responder.

Golodryga recoge esa misma idea al subrayar que “hay mucha culpa que repartir”, pero que una parte sustancial recae en el propio sistema. Entre ambos se dibuja así una brecha evidente: mientras el relato oficial se aferra al bloqueo como explicación central, buena parte de los cubanos ya no compra esa versión como única causa de lo que viven a diario. Anderson no la contradice. Al contrario, su descripción del deterioro institucional, la falta de recursos y la incapacidad del Estado para responder refuerza esa idea. El resultado es un consenso implícito: la crisis cubana no se explica por un solo factor. Hay presión externa, hay estrategia política desde Washington, pero también hay fallas internas profundas que han erosionado la confianza de la población en sus propios dirigentes.

Que Bianna Golodryga se permita una frase como “hay mucha culpa que repartir” puede parecerle a algunos una salida impropia de una entrevistadora, pero en este caso no sale de la nada ni suena a arrebato. Llega después de varias semanas cubriendo el tema y, sobre todo, después de una entrevista previa con Carlos Fernández de Cossío en la que ya había mostrado dominio del expediente y disposición a apretarlo cuando intentaba esquivar o maquillar asuntos centrales.

En esa conversación de febrero, Golodryga no se limitó a darle paso al relato oficial; le preguntó si La Habana estaba realmente respondiendo a una propuesta o demanda de Washington, le señaló la aparente contradicción entre la disposición al diálogo y el discurso de Díaz-Canel sobre medidas “criminales y genocidas”, y le puso sobre la mesa el objetivo de “regime change” del que habían hablado Trump y Marco Rubio.

Sin embargo, el momento que más se recuerda, por lo incómodo que resultó para De Cossío, fue cuando la periodista lo llevó al terreno de Venezuela; con varios momentos de tensión real, con un De Cossío que de puro milagro no se paró de la silla y se fue. Medios independientes cubanos la destacaron precisamente porque Golodryga lo confrontó con una de las zonas más sensibles del discurso oficial: la implicación cubana en Venezuela, al preguntarle por qué habían mentido sobre la presencia militar cubana allí, con un De Cossío que terminó contradiciéndose y reconociendo que Cuba financió y desplegó personal de seguridad para proteger a Maduro, aunque intentó en todo momento de diferenciar ese operativo de la presencia de “tropas”.

También lució fatal cuando se habló sobre la posibilidad de un escenario similar en Cuba tras la captura de Nicolás Maduro. Ahí Golodryga le preguntó qué impediría una cadena de hechos parecida en la isla y si Estados Unidos podía estar hablando ya con alguien dentro del propio gobierno cubano para sacar a la actual cúpula. La respuesta de De Cossío fue insistir en que el gobierno está “unido” detrás de su presidente, que cuenta con el apoyo de la mayoría de la población, y que no había «tal diálogo», lo que quedó desmentido semanas después por el propio régimen. Desde entonces, De Cossío no ha querido saber más nada de Golodryga.

Tal vez por eso, ahora, cuando Golodryga escucha a Jon Lee Anderson hablar de corrupción, mala gestión, desgaste interno y una población que ya no confía del todo en sus dirigentes, su comentario final no parece una parcialización improvisada, sino la continuación lógica de una línea de trabajo que no puede verse como una “toma de partido”, sino que simplemente, ya ella ha llegado al tema con suficiente contexto como para no tragarse entero el libreto oficial. Ella ya había comprobado con De Cossío hasta qué punto el aparato cubano intenta sostener el argumento del bloqueo como explicación total, incluso cuando las preguntas empiezan a rozar las contradicciones internas.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

¿Quieres reportar algo?

Envía tu información a: [email protected]

Lo más leído

Quizás te interese

Envíos a CUBA desde → $1.79 x LBENVÍA AQUÍ
+