El bloqueo cubano de frente al dólar: lo que antes no se podía, pero ahora sí se puede

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Durante años, el discurso oficial en Cuba construyó una narrativa simple: si algo no funcionaba, si algo faltaba o si algo estaba prohibido, la explicación era una sola. El embargo. Bajo esa lógica, la economía, el acceso a bienes, la circulación del dinero e incluso decisiones administrativas internas quedaban subordinadas a una causa externa. Sin embargo, en los últimos meses, varias medidas adoptadas por el propio Estado han dejado al descubierto otra realidad: muchas de esas limitaciones no eran imposiciones inevitables, sino decisiones políticas reversibles.

El caso más reciente es el de las remesas. Durante años, el gobierno restringió el uso de dólares en efectivo, eliminó su circulación formal y obligó a los ciudadanos a operar mediante tarjetas magnéticas en divisas, dentro de un sistema cerrado. Ahora, en medio de una crisis de liquidez evidente, el Banco Central anuncia que volverá a entregar dólares físicos a través de Cadeca.

Será que entonces…¿cambió el embargo? No, lo que cambió es la necesidad.

Ese patrón no es nuevo. En 2020, el propio Estado había prohibido depósitos en dólares en efectivo en bancos cubanos, alegando dificultades para procesarlos en el sistema financiero internacional. La medida afectó directamente a la población, que quedó con dinero físico que no podía utilizar dentro del sistema bancario y terminó cambiándolo incluso Años después, ese mismo dólar vuelve a ser aceptado cuando la escasez de divisas alcanza niveles críticos. La restricción desaparece sin que exista un cambio estructural en el entorno externo.

Si tenemos en cuenta que antes estuvo prohibido —y que mucha gente cumplió largas condenas de cárcel por eso— luego no, luego sí, luego no y ahora sí de nuevo, no hay dudas de que estamos en presencia del Record Guinness de cambalache, estira y encoge, por parte de un Estado con relación al dólar.

Algo similar —lo que no se podía y luego sí— ocurrió con el trabajo por cuenta propia y las pequeñas empresas. Durante décadas, el sector privado fue limitado, vigilado y, en muchos casos, penalizado. La apertura de las mipymes en 2021 no respondió a una flexibilización del embargo, sino a la incapacidad del modelo estatal para sostener la producción interna. Hoy, ese mismo sector que antes era visto como una desviación ideológica es presentado como una pieza necesaria para la economía.

El acceso a bienes básicos también sigue esa lógica. Durante años, el Estado monopolizó la importación de alimentos, electrodomésticos y otros productos, mientras restringía severamente la capacidad de los ciudadanos para importar de forma independiente. Hoy, en un intento por aliviar la escasez, se permiten importaciones sin carácter comercial por parte de viajeros, y se tolera un flujo creciente de mercancías que antes eran consideradas ilegales o estaban fuertemente reguladas.

Incluso en el terreno energético, donde el discurso ha insistido en el impacto del embargo, se observan decisiones que dependen más de la urgencia interna que de factores externos. La reciente flexibilización para permitir la entrada de combustible desde distintos orígenes, incluyendo acuerdos puntuales con actores internacionales, muestra que existen márgenes de maniobra que antes no se utilizaban.

¿Y qué me dicen de los atletas que no podían competir en clubes extranjeros y cobrar dólares? Eso también «cambió».

En redes sociales, la medida sobre el regreso del dólar en efectivo fue leída en otra clave. El periodista José Raúl Gallego lo resumió con una frase que circuló con rapidez: “Ahora sí se puede. Antes no, pero ahora sí”. El mensaje conectó con una percepción extendida: las restricciones que durante años se presentaron como inevitables desaparecen en cuanto el Estado necesita captar divisas con urgencia.

Los comentarios que acompañaron esa publicación siguieron la misma línea. Usuarios cuestionaron por qué deberían confiar en un sistema bancario que durante años limitó el acceso al efectivo, otros ironizaron sobre el discurso oficial del embargo y varios plantearon dudas prácticas: si realmente habrá dólares disponibles en Cadeca o si, como ha ocurrido antes, el pago terminará en moneda nacional. La reacción no fue de alivio, sino de escepticismo.

La narrativa oficial, sin embargo, se mantiene. El embargo sigue siendo presentado como la causa estructural de todos los problemas, incluso cuando medidas internas cambian sin que ese contexto externo se modifique. Esa contradicción es la que hoy se refleja también en la reacción pública.

El punto no es negar el impacto del embargo. Es observar cómo ha funcionado como explicación total para decisiones que, en muchos casos, dependen del propio Estado. La reapertura del dólar en efectivo no es una concesión técnica, es una respuesta a la falta de liquidez.

En ese contexto, la frase que durante años marcó la vida cotidiana en Cuba —“no se puede”— empieza a perder peso. No porque haya cambiado el entorno internacional, sino porque el propio sistema ha demostrado que muchas de esas prohibiciones eran, en esencia, decisiones que podían revertirse.

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