En Cuba, cocinar se ha convertido en un ejercicio de resistencia cotidiana. Lo que antes era una rutina doméstica hoy exige inventiva, riesgo y paciencia. Vecinos de distintos barrios describen cómo improvisan fogones con leña recogida en la calle, cocinan en portales o aceras y racionan cada recurso disponible. “Me quemé cocinando porque no tengo gas”, cuenta una mujer mientras aviva un fuego precario. Su testimonio resume una escena que se repite en múltiples ciudades: preparar una comida caliente es, cada vez más, un acto de supervivencia.
El trasfondo es una crisis energética profunda. La escasez de combustible —agravada tras la caída de los envíos de crudo venezolano— ha expuesto la dependencia estructural del país y la fragilidad de su matriz energética. El gas licuado prácticamente desapareció del mercado formal y en el informal se consigue a precios en dólares, inaccesibles para la mayoría. Sin alternativas estables, miles de familias han regresado a métodos rudimentarios de cocción, con el consiguiente riesgo de incendios y afectaciones respiratorias, especialmente entre niños y ancianos.
A esta carencia se suman los apagones prolongados. La red eléctrica, deteriorada por años de falta de inversión y mantenimiento, sufre cortes constantes que inutilizan las cocinas eléctricas —la principal opción para muchos hogares— y aceleran la pérdida de alimentos en un contexto de escasez generalizada. “La electricidad es el único medio que tenemos para cocinar; cuando se va, no llega nada a la casa”, explica otro residente. La interrupción del servicio no solo complica la preparación de alimentos, sino que incrementa el estrés y la sensación de inestabilidad en la vida diaria.
Un video de la periodista Yaíma Pardo para Martí Noticias, recoge todos estos testimonios:
Mientras tanto, el discurso oficial insiste en la resistencia y en planes de contingencia. Sin embargo, la realidad en las calles revela un desajuste entre la narrativa gubernamental y la experiencia ciudadana. Cocinar con leña en medio de la ciudad —una imagen asociada a crisis pasadas— reaparece como símbolo de un sistema incapaz de garantizar servicios básicos. Expertos en energía han advertido que la combinación de dependencia de importaciones, infraestructura obsoleta y gestión centralizada limita la capacidad de respuesta ante choques externos.
El resultado es un escenario que muchos describen como de precolapso. La dificultad para algo tan elemental como preparar comida evidencia el impacto directo de la crisis sobre la vida doméstica. En un país donde la alimentación ya está condicionada por la escasez y la inflación, la imposibilidad de cocinar agrava la vulnerabilidad de amplios sectores de la población. La escena de vecinos reuniéndose alrededor de fogones improvisados no es solo una postal de carencia: es la manifestación visible de un deterioro sistémico que transforma tareas básicas en desafíos diarios.
La situación que vemos hoy —hogares sin gas, familias cocinando con leña en las aceras, redes eléctricas colapsando y apagones diarios— no surgió de la nada. Para comprender por qué se ha llegado a este punto es necesario mirar décadas de políticas energéticas, decisiones económicas estructurales y dependencias externas que, a la larga, crearon una combinación explosiva de fragilidad técnica, falta de inversión y vulnerabilidad logística.
1. Dependencia prolongada de combustibles importados
Desde hace años, Cuba no ha sido autosuficiente energéticamente. Su sistema eléctrico depende casi por completo de combustibles fósiles importados para alimentar sus plantas termoeléctricas, la base de su generación de electricidad. La red nacional fue construida mayormente después de 1959, pero recibió inversiones insuficientes y mantenimiento irregular durante décadas, lo que ha dejado infraestructuras envejecidas y cada vez más propensas a fallas. Gran parte de esta infraestructura —como las plantas de Matanzas, Felton, Renté o Santa Cruz— funciona con equipos que datan de hace décadas y que requieren piezas y repuestos que son cada vez más difíciles de conseguir sin acceso a capital extranjero o créditos internacionales.
En años recientes, Cuba intentó compensar la debilidad de su red con plantas flotantes alquiladas y una mezcla de energía distribuida, pero esos esfuerzos fueron temporales y costosos. Sin inversiones sostenidas que modernizaran la infraestructura eléctrica, las plantas sufren frecuentes paros, averías mecánicas y bajas eficiencias, incluso cuando hay combustible disponible.
2. El fin de los suministros aliancistas
Históricamente, Cuba recibió petróleo a bajo costo de Venezuela como parte de acuerdos políticos que beneficiaban a ambos gobiernos. Eso no solo mantuvo el sistema operativo, sino que permitió cierto nivel de estabilidad energética durante años. Sin embargo, la crisis económica en Venezuela y los obstáculos externos redujeron drásticamente ese flujo de crudo, dejando a Cuba con menos combustible del que necesita para sostener incluso un nivel mínimo de generación.
Con el colapso de ese suministro, Cuba quedó expuesta: importa la mayoría de su combustible y no tiene suficientes divisas para comprarlo en los mercados globales, mientras sus principales aliados también enfrentan sus propios problemas económicos. Esto ha convertido a la escasez de combustible en un factor estructural que condiciona cada falla del sistema.
3. Infraestructura envejecida y falta de mantenimiento
Más allá de la falta de combustible, la propia red eléctrica cubana está debilitada por el paso del tiempo, la corrosión y la falta de mantenimiento preventivo. Ingenieros y expertos han denunciado que muchas plantas operan por debajo de su capacidad nominal y que al menos un tercio de la generación está fuera de servicio por fallas o reparaciones pendientes. La obsolescencia tecnológica y la ausencia de inversión en modernización son claves para entender los apagones persistentes.
Los apagones del año pasado —cuatro colapsos completos del sistema en seis meses, incluido uno que dejó a todo el país a oscuras— no fueron episodios aislados, sino síntomas claros de un sistema al borde del colapso.
4. La fallida “Revolución Energética”
En los primeros años del siglo XXI, el gobierno cubano impulsó una llamada Revolución Energética, un programa destinado a diversificar las fuentes de energía, promover eficiencia y avanzar hacia fuentes renovables. Sin embargo, a pesar de metas ambiciosas, la implementación fue lenta y fragmentada. El progreso en energía solar y otras renovables ha sido real pero modesto —solo una pequeña fracción de la energía nacional proviene de fuentes limpias— y no ha logrado compensar la caída en la disponibilidad de combustibles fósiles.
La distribución de generadores, lámparas eficientes y electrodomésticos más ahorradores no reemplaza la necesidad de una red robusta y sostenible. Mientras tanto, la burocracia, la escasez de divisas, la falta de acceso a financiamiento externo y la lentitud en la ejecución de proyectos han limitado el impacto de esa estrategia.
5. Problemas estructurales y económicos más amplios
La crisis energética no es un fenómeno aislado; forma parte de un colapso económico más amplio que abarca la devaluación de la moneda, la inflación, la escasez de alimentos y la presión internacional. La política económica interna ha sido incapaz de generar suficientes divisas para importar combustibles, piezas o tecnología. A la vez, sanciones y presiones externas han dificultado el acceso a mercados crediticios y han encarecido los costos de importación, lo cual limita aún más la capacidad del Estado para invertir en infraestructura crítica.
6. Los efectos en la vida cotidiana
El resultado de esta combinación de factores ha sido una vida cotidiana marcada por interrupciones de energía de 12 a 20 horas diarias, según diversas estimaciones, con un déficit energético persistente que alcanza miles de megavatios. Las fallas de energía se traducen en impossibilidad de refrigerar alimentos, falta de agua corriente, transporte paralizado, servicios médicos tensados y, como señala el testimonio inicial, una población que recurre a leña o fogones improvisados para cocinar. Cada apagón prolongado es también un golpe a la economía real y a la moral social.
7. El impacto de las tensiones geopolíticas
Además de las limitaciones internas, las tensiones con Estados Unidos han agregado presión externa. Restricciones al suministro de combustible —incluida la amenaza de aranceles a países que exporten petróleo a Cuba— han hecho que aliados potenciales duden antes de enviar hidrocarburos, lo que intensifica la escasez. Aunque Estados Unidos ha expandido la ayuda humanitaria en algunos casos, esa asistencia no puede compensar la brecha estructural de un sistema energético dependiente de combustibles fósiles importados.
Este conjunto de factores —dependencia de combustibles importados, infraestructura envejecida, fallidas políticas energéticas, crisis económica estructural y presiones externas— explica por qué Cuba ha llegado al punto donde preparar una simple comida caliente se convierte en un desafío diario. La crisis energética es una punta de un iceberg mucho más profundo de tensiones económicas, políticas y sociales que han marcado el país en las últimas décadas.


















