Cuba rechaza liberar presos políticos

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Hoy viernes 24 de abril venció el plazo. Dos semanas después de que una delegación del Departamento de Estado de Estados Unidos aterrizara en secreto en La Habana — el primer avión oficial del gobierno americano en tocar suelo cubano desde 2016 — el régimen castrista tenía una respuesta que dar, pero ya la ha dado varias veces y on claridad meridiana: los presos políticos no son un tema negociable.

El pueblo cubano puede seguir aguantando apagones de cuarenta horas, puede seguir sin gasolina, sin medicamentos, sin comida. Eso no es problema del gobierno. El gobierno tiene otras prioridades. El gobierno gobierna a cajones.

El 10 de abril, funcionarios del Departamento de Estado se reunieron en La Habana con representantes del régimen a nivel de viceministro. También se reunieron, por separado, con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, el nieto favorito de Raúl Castro, conocido como «El Cangrejo» — la persona en quien el viejo dictador confía lo suficiente como para negociar sin miedo a una traición. Washington puso sobre la mesa sus condiciones: liberación de presos políticos de alto perfil, más libertades para la población, alejamiento de potencias extranjeras hostiles a EE.UU. operando desde la isla. Y un plazo: dos semanas. Vencimiento: hoy.

La respuesta llegó el jueves 23, un día antes del plazo, a través del embajador cubano ante la ONU, Ernesto Soberón Guzmán, en declaraciones a la Associated Press, recogidas por Telemundo51. «Los asuntos internos relacionados con los detenidos no están en la mesa de negociación.»

Y para completar el cuadro, Díaz-Canel amenazó directamente con romper las conversaciones si Washington insistía en el cambio de régimen como condición: «Absolutamente no. Nuestros problemas internos no están en la mesa de una conversación con los Estados Unidos.» Si EE.UU. no acepta eso, dijo, «no hay negociación.»

noticia relacionada: Díaz-Canel se inmola otra vez ante la prensa. Esta vez le tocó a otro medio de izquierda: Opera Mundi

La revista TIME publicó ayer su portada dedicada a Cuba: fichas de dominó cayendo una a una, con la bandera cubana en la última. Título: «Antes de su caída, Cuba espera la fase final del juego de Trump.» No es un titular que el régimen haya desmentido. Es uno que ha decidido confirmar con sus actos.

Mientras tanto, el pueblo…

Para entender lo que significa esta postura, hay que mirar lo que ocurre a noventa kilómetros de Florida mientras los diplomáticos hablan. Cuba lleva meses sin recibir combustible en cantidades suficientes. El ministro de Energía Vicente de la O Levy reconoció esta semana que desde el 8 de diciembre el país solo recibió un barco de petróleo — el ruso Anatoly Kolodkin, con 730,000 barriles, que llegó a finales de marzo. Cuba necesita ocho barcos al mes para funcionar. Con ese único cargamento, dijo el ministro, «tenemos hasta fin de este mes.» El país opera al cincuenta por ciento de su capacidad energética. En algunas comunidades los apagones superan las cuarenta horas consecutivas.

El sesenta y cuatro por ciento del parque eléctrico cubano está paralizado. Las farmacias no tienen medicamentos. El transporte público no funciona. La gente cocina a leña en plena capital. El peso cubano cerró esta semana a 530 por dólar en el mercado informal. El Programa Mundial de Alimentos estima que el 36% de los cubanos sufre inseguridad alimentaria y que el 80% de la población considera esta crisis peor que el Período Especial de los noventa.

En ese contexto, el régimen tiene la oportunidad de negociar alivios que podrían traducirse en combustible, en medicamentos, en vuelos, en remesas. Y elige no hacerlo. No porque no pueda. Porque no quiere.

La gobernabilidad a la cubana

Es importante decirlo con claridad: en Cuba la gobernabilidad no significa garantizar el bienestar de la población. Nunca ha significado eso. La gobernabilidad cubana significa mantener el control del poder a cualquier costo — incluyendo el costo de que el pueblo pase hambre, frío y oscuridad.

Liberar a Luis Manuel Otero Alcántara, a Maykel Osorbo, a los centenares de presos del 11J que siguen en prisiones cubanas no le costaría al régimen ni un litro de petróleo. Le costaría algo más valioso para ellos: la narrativa. La narrativa de que no ceden. La narrativa de que resisten. La narrativa de que el enemigo imperialista no les dobla el brazo. Esa narrativa vale más para Díaz-Canel y para Raúl Castro que las cuarenta horas sin luz de cada cubano.

El Departamento de Estado fue explícito: «Tienen una pequeña oportunidad para llegar a un acuerdo.» La respuesta de La Habana fue, en la práctica, un portazo. Y ese portazo no lo paga la cúpula. Lo paga el señor que está esperando que le enciendan la electricidad para poder guardar los medicamentos de su madre en el refrigerador. Lo paga la mujer que cocina con leña porque no hay gas. Lo paga el niño que estudia con una vela.

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