La muerte de Daniel Pérez, un joven de 31 años, ha provocado una ola de indignación y miedo en Sancti Spíritus, después de que una denuncia pública señalara como presunto implicado en el atropello a Alberto Algurín, identificado por vecinos como jefe de prisiones en la provincia.
La versión difundida por la plataforma NiO Reportando un Crimen sostiene que el hecho ocurrió el lunes y que, desde entonces, la comunidad vive con la sensación de que el caso podría terminar sin castigo por el peso institucional del cargo atribuido al conductor.
Según testimonios citados por esa plataforma, Daniel había salido a buscar comida para él y su esposa, que estaba trabajando en ese momento. Personas cercanas a la familia aseguran que no había consumido alcohol y lo describen como un muchacho querido en el barrio, de conducta tranquila y con una vida común, sin conflictos conocidos. El tipo de relato que, en Cuba, suele aparecer cuando alguien muere de golpe y lo único que queda es reconstruirlo con la memoria del vecindario.
Sobre cómo ocurrió exactamente el atropello, las versiones son contradictorias. Algunas señalan que Daniel habría invadido la senda por donde circulaba el automóvil, mientras otras sostienen que el impacto fue directo y fulminante, y que la muerte fue instantánea. Hasta el momento no se ha divulgado un informe oficial detallado que aclare la dinámica del accidente, lo que ha alimentado el rumor y la especulación en redes y en la calle.
NiO Reportando un Crimen afirma haber recibido información de fuentes que pidieron reserva total por temor a represalias. Esas fuentes aseguran que el conductor estaría detenido y que incluso habría sido trasladado a una prisión en Camagüey. El mensaje insiste en que no se trata de una campaña personal ni de venganza, sino de un intento por fijar datos y evitar que la muerte quede archivada sin consecuencias.
El temor central, repetido por vecinos y comentarios en redes, es que el caso se diluya por los vínculos del presunto responsable con el Ministerio del Interior. La frase que se repite, con variantes, es simple: “a ese no le pasa nada”. En el barrio, la preocupación no gira solo alrededor de la culpa o la imprudencia, sino de la posibilidad de que la institución se proteja a sí misma.


















