Si un día amaneciste con la cuenta cerrada, un anuncio rechazado sin explicación o un “tu contenido incumple” que nadie logra traducir, Miami podría ofrecerte pronto una fantasía muy local: reclamarle al hombre, en persona. Mark Zuckerberg y su esposa, Priscilla Chan, están en proceso de comprar una mansión frente al agua en Indian Creek, la isla blindada de Miami Beach que en el argot inmobiliario ya ni necesita presentación: “Billionaire Bunker”.
El reporte, atribuido a The Wall Street Journal y replicado por otros medios como el experto The Real Deal, habla de una propiedad de casi dos acres a orillas de Biscayne Bay y de un precio estimado por agentes locales entre 150 y 200 millones de dólares.
En esa misma isla —un círculo pequeño con portón, policías y vecinos que no usan el timbre— ya han comprado otros nombres del club, incluidos Jeff Bezos y Carl Icahn, además de Ivanka Trump y Jared Kushner, según recuentos de prensa.
Bloomberg ha enmarcado el movimiento como parte de un patrón: multimillonarios de California mirando a Florida como alternativa residencial, con el ruido de fondo de propuestas fiscales más agresivas en su estado de origen. En Miami, agentes del segmento ultra-lujo lo resumen sin poesía: cuando se mudan dos o tres, el resto se anima, porque esto funciona como “fraternidad”.
Es muy probable, casi seguro, que si no puedes entrar al llamado «búnker de los millonarios», que es lo más probable, tendrás que esperar que la montaña vaya donde está Mahoma. Es decir: que Zucky baje a Miami; porque vivir en Miami y no comer croquetas y pastelitos, y tomarse un cafecito cubano —o un cortadito— en la ventanita del Restaurane Versailles, es como no vivir en esa ciudad.
Pero ojo… esa ciudad, donde aparentemente todo el mundo “sabe quién es quién”, es la misma donde nadie mira dos veces a un tipo en pullóver, gorra y tenis cómodos. Zuckerberg y Chan no son precisamente de alfombra roja; si bajan un sábado a caminar por La Pequeña Habana, el hombre más discutido de Internet la caminará como uno más por la Calle Ocho, sin séquito visible, sin uniforme de villano y con cara de estar pensando en otra cosa.
Así que si tienes un problema con Facebook, lo ves y no lo reconoces, y no puedes decirle «tírame un cabo ahí, ekobio,» nada cambia para tu reclamación: tus reportes seguirán entrando por formularios y respuestas automáticas. Lo que cambia es el escenario mental. Desde febrero de 2026, la idea de que el dueño del tablero esté a distancia de cafecito ya no suena a meme, sino a geografía.
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