En una misma semana, ICE quedó en el centro de incidentes que van desde un arresto en Texas y una deportación ordenada a un tercer país, hasta protestas en Minneapolis y un reporte sobre fallos de IA en la agencia.
Familiares identifican a Marcos Alejandro Ávila Íñiguez como uno de los 22 migrantes cubanos trasladados desde EE. UU. a la Base Naval de Guantánamo, en medio del silencio oficial y la falta de listas públicas.
Nuevos datos revelan que casi 75 000 de las 222 000 personas arrestadas por ICE en los primeros nueve meses del segundo mandato de Trump no tenían antecedentes penales. En paralelo, casos como el del somalí Abdul Dahir Ibrahim, el ataque con perro contra Wilmer Toledo-Martínez y la detención del líder comunitario Abdulkadir Sharif Abdi muestran un panorama de detenciones que va mucho más allá de los “criminales peligrosos” que proclama la Casa Blanca.
El cubano Josue Rodríguez, residente legal en EE.UU. desde los 90 y camionero de oficio, fue detenido por ICE en una cita rutinaria y terminó 40 días en una cárcel de Wyoming antes de ser deportado a México, un país donde no tiene vínculos, papeles ni un futuro claro.
Queda una conclusión incómoda para todos. Para los creadores con audiencia, la responsabilidad de no convertir un formulario en un drama existencial de una sola pieza. Para ICE, la exigencia de distinguir con rigor: no es lo mismo retirar del país a un violador que a un solicitante sin antecedentes con apelación abierta. Para la comunidad, la tarea de sostener a quienes caen en los agujeros del sistema sin regalarle al rumor el lugar que corresponde al expediente. Y para el lector, un recordatorio simple: detrás de cada titular migratorio hay un archivo, un juez, una firma… y una vida suspendida.
Este episodio ilustra que más allá del debate público sobre flujo migratorio, fronteras y deportaciones, hay historias personales que muestran cómo la política se traduce en rostros, casas adquiridas, empleos ganados y futuros construidos. Al final, la pregunta no es cuántos entran, sino qué pasa con quienes ya están trabajando al día y aún pueden ser devueltos. Y en este caso, el costo no es solo legal: es emocional, comunitario y profundamente humano.
Cuba negó su repatriación y EE. UU. lo envió a Esuatini. Juan Carlos Font, 59, está preso y enfermo; su familia pide su retorno “antes de que muera en prisión”.