La expectativa ahora es doble: que las brigadas y donativos anunciados lleguen con prontitud y que la promesa de “atender a todos” se acompañe de decisiones operativas visibles, auditables y comprensibles para el barrio que aún seca la guata de su colchón al sol. Mientras tanto, el video sigue circulando y los comentarios se acumulan con una mezcla de rabia, decepción y propuestas muy concretas para resolver algo tan básico como el descanso de una familia.
Las redes sociales han demostrado que el país no carece de ideas ni de capacidades, sino de voluntad y coordinación. Lo que se ha planteado desde la ciudadanía no requiere inventar nada nuevo: usar las plantas modulares de Holguín, reactivar Metuna y Alumec, movilizar Muebles Ludema, Dujo, Konfort y Renacer, redistribuir los colchones hoteleros, y comprar viviendas existentes con fondos sociales.
El rebrote cubano ocurre, además, en un contexto de interrupción de campañas de control por falta de combustible y de personal, y con brigadas de fumigación que llegan tarde o no llegan. La combinación de crisis energética, viviendas dañadas por Melissa y presión epidemiológica es la ecuación que vuelve “invernal” un pico que antes asociábamos solo a las lluvias.
En resumen: sí, el dinero alcanza, pero solo si se elimina la burocracia, se articula la producción nacional y se evita el modelo de venta de materiales al damnificado. Los cálculos no son teóricos; son los mismos que la sociedad civil ha expuesto estos días en redes y foros técnicos. Con 74 millones bien gestionados, Cuba puede reconstruir todas las casas perdidas y devolver el descanso básico —una cama, un techo, un refrigerador funcionando— a quienes lo perdieron todo.
según una estimación “flash” de la firma Karen Clark & Company (KCC) basada en su modelo de alta resolución para el Caribe, este es el daño proyectado.
El reconocimiento llega en un momento en que su historia vuelve a inspirar nuevas generaciones, impulsada por el biopic Nyad de Netflix, protagonizado por Annette Bening. Pero más allá de la controversia que aún despierta entre algunos organismos del nado en aguas abiertas, el Estado de Florida ya ha dictado su veredicto: la proeza está oficialmente reconocida.
Queda la pregunta obvia: ¿qué vino y qué se llevó? Cualquier respuesta ahora sería especulativa. Lo verificable es la huella de vuelo, el patrón repetido de rutas africanas como plataforma de salto, la capacidad de carga del Il-76 y el historial sancionado de su operador. En un Caribe que vuelve a ser tablero, el RA-78765 no solo transportó toneladas: movió señales.
La escena se repite en demasiados barrios de Cuba: fiebre que no cede, articulaciones que crujen como bisagras viejas, sarpullidos tercos, familias enteras en...
La pregunta seguirá ahí, incómoda, insistente: ¿Oxígeno o ayuda humanitaria? Quizás la respuesta no está en elegir una de las dos opciones, sino en desmontar la trampa que plantea. Cuando se trata de salvar vidas y reconstruir hogares, lo que importa no es quién sostiene la manguera de oxígeno, sino quién puede volver a respirar.
En redes sociales, activistas y ciudadanos cuestionan que se venda a mitad de precio lo que, en su opinión, debería entregarse a costo cero a hogares que lo perdieron todo.
Una trabajadora cubana del sector estético en el área de Miami, identificada como Eliany Collazo Llosa (en otros medios identificada como Eliana Collazo), fue...
El mapa de daños que justifica la magnitud del pedido no necesita adornos. Granma, Santiago de Cuba, Holguín y Guantánamo concentran deslizamientos, derrumbes de viviendas, afectaciones masivas en redes eléctricas y cortes de rutas; los boletines de OCHA venían alertando desde finales de octubre que la fragilidad de la infraestructura y los servicios haría más prolongada la vulnerabilidad de hasta tres millones de personas si la reconexión eléctrica y de telecomunicaciones no avanzaba con rapidez.
Este episodio ilustra que más allá del debate público sobre flujo migratorio, fronteras y deportaciones, hay historias personales que muestran cómo la política se traduce en rostros, casas adquiridas, empleos ganados y futuros construidos. Al final, la pregunta no es cuántos entran, sino qué pasa con quienes ya están trabajando al día y aún pueden ser devueltos. Y en este caso, el costo no es solo legal: es emocional, comunitario y profundamente humano.
Los exempleados consultados entregaron a CBC recibos de transferencias y talones de pago que muestran que hasta el 84% de sus ingresos netos eran retenidos por el régimen. Con el dinero que se les permite conservar, relatan que sobreviven comprando alimentos en tiendas de descuentos, asistiendo a bancos de comida y adquiriendo ropa y otras necesidades en ventas de garaje.