La primera actriz cubana Susana Pérez volvió a pronunciarse públicamente con declaraciones directas y emotivas que revelan tanto su visión política como las huellas personales que ha dejado el exilio en su vida. Radicada en Miami desde hace casi dos décadas, la artista ofreció un testimonio marcado por la nostalgia, la inconformidad y una defensa firme del esfuerzo individual como motor de sus logros.
Una de las frases más contundentes de su intervención resume su sentir: afirma que el régimen cubano le debe “la juventud” invertida en un proyecto que considera fallido, y que por ello no tiene nada que agradecer. La declaración no solo expone su postura ideológica, sino también el desencanto de quien dedicó años de vida profesional dentro de un sistema que hoy cuestiona abiertamente.
Pérez también abordó un tema polémico dentro de la comunidad migrante: la imagen pública de los cubanos en el extranjero. Dijo sentir vergüenza cuando aparecen noticias de estafas, especialmente relacionadas con fraudes al sistema de salud estadounidense, protagonizadas por personas de su nacionalidad. A su juicio, esos comportamientos afectan la percepción colectiva y dañan el prestigio cultural que, según afirma, distingue históricamente al pueblo cubano.
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Consultada sobre la posibilidad de regresar a la isla, la actriz respondió con matices. Aseguró que volvería si pudiera hacerlo para trabajar, recordando épocas pasadas en las que viajar entre Cuba y Miami era rápido y económico. Evocó tiempos en los que los pasajes costaban menos de veinte pesos y el trayecto podía hacerse en cuestión de minutos u horas, lo que permitía intercambios comerciales y personales fluidos. Esa memoria contrasta con las restricciones y complejidades actuales, y deja ver un componente de añoranza por una etapa que percibe como más abierta.
“Si pudiera ir a trabajar, iría. Trabajaría como se iba antes, que la gente venía aquí a Miami a comprar. En 45 minutos estaba aquí, compraba o hacía mil cosas y se iba otra vez al otro día”.
Otro eje central de sus palabras fue el reconocimiento al llamado “exilio histórico”. Pérez insistió en que esa generación merece respeto y admiración, ya que, según relató, llegó a Estados Unidos en condiciones adversas, enfrentando discriminación, barreras idiomáticas y limitaciones laborales. Recordó que muchos profesionales debieron aceptar trabajos humildes para sobrevivir, y destacó que la comunidad logró salir adelante gracias al trabajo constante.
La actriz también rechazó la idea de que sus logros personales se deban a beneficios estatales. Subrayó que todo lo obtenido ha sido resultado de su esfuerzo y aclaró que incluso bienes que se consideraban asignados por el sistema debían pagarse íntegramente. Para ella, esa precisión es importante porque desmonta la narrativa de que ciertos privilegios eran regalados.
En un tono más íntimo, evocó el dolor de la separación familiar. Recordó que hubo un tiempo en que ni siquiera era posible enviar cartas o comunicarse con parientes que habían emigrado, una realidad que describió como profundamente triste y limitante para quienes aspiraban a desarrollarse plenamente.
Las declaraciones de Susana Pérez constituyen un testimonio que mezcla memoria personal, crítica social y reflexión histórica. Más allá de posiciones políticas, sus palabras revelan la experiencia emocional de una figura del arte cubano cuya trayectoria está atravesada por los grandes procesos migratorios y las tensiones entre país de origen y destino. Su voz, firme y sin matices diplomáticos, vuelve a colocar en el debate público la compleja relación entre identidad, exilio y pertenencia.

















