Miami se está quedando con el empleo y perdiendo a la gente que sostiene la ciudad. Bomberos, policías y maestros trabajan en el condado, pero cada vez más viven lejos o piensan irse porque el precio de comprar o alquilar se disparó por encima de sus salarios. El caso de Michael Henry, bombero en el área, resume la paradoja: tiene un ingreso estable y beneficios, pero terminó mudándose con su familia a Port St. Lucie, a casi dos horas de distancia, porque comprar una casa en Miami se volvió una deuda imposible.
Los números que circulan en los reportes locales ayudan a entender el tamaño del salto. Entre el verano de 2019 y el verano de 2025, el precio mediano de una vivienda en Miami-Dade pasó de 370.000 dólares a 675.000, un aumento de más de 80%. En ese mismo terreno, los salarios anuales medianos rondan los 60.000 dólares para bomberos y policías, y no llegan a 50.000 para maestros. Con ese mapa, una hipoteca típica para una vivienda de ese precio puede empujar el pago mensual hacia cifras cercanas a 4.000 dólares, un nivel que, para muchos ingresos públicos, se come la mayor parte del cheque antes de impuestos.
El problema no se limita a comprar: el alquiler también aprieta. Miami aparece entre los mercados de renta más caros del país, con un precio mediano de alrededor de 2.550 dólares para un apartamento de un cuarto, una cifra que vuelve “normal” vivir con roommates, mudarse a un estudio mínimo o recortar todo lo demás. Ayanna Ruiz, estudiante de posgrado y trabajadora a tiempo completo, describe esa sensación con crudeza: gana 22 dólares la hora, pero entre renta, comida, gasolina y facturas siente que trabaja para quedarse en el mismo lugar, y su plan ya no es “mejorar en Miami”, sino irse a Orlando para estirar el dinero.
La presión llega incluso a proyectos que se presentan como “asequibles”. Un ejemplo citado en los reportes es un desarrollo de workforce housing en Miami Beach donde un apartamento de un cuarto ronda los 2.554 dólares al mes, todavía lejos de lo que puede sostener un maestro o un empleado público sin quedar ahogado. El estándar del Departamento de Vivienda de EE. UU. (HUD) marca 30% del ingreso bruto como umbral de vivienda “asequible”, y cuando el gasto supera 50% se considera una carga severa, una etiqueta que hoy encaja en demasiadas historias locales.
El efecto en cadena ya se ve: más trayectos largos, más agotamiento, más rotación laboral, y una ciudad que depende de servicios esenciales provistos por personas que no pueden vivir donde sirven. Esa contradicción no es un concepto abstracto: es un bombero conduciendo más de 100 millas para entrar a turno y una generación joven midiendo el futuro en mudanzas.
artículos consultados: Firefighters, teachers and police work in Miami but can’t afford to live there y ‘There are nights I can’t sleep’: South Floridians find it daunting to pay bills

















