Los Premios Grammy 2026 tuvieron su primer gran titular antes de que empezara la ceremonia. Bastó con que Chappell Roan apareciera en la alfombra roja del Crypto.com Arena, en Los Ángeles, para que la conversación se desviara del palmarés y aterrizara, de golpe, en una pregunta simple: ¿hasta dónde puede llegar el “naked dress” sin convertirse en escándalo?
Roan llegó con una propuesta que empujó el concepto al límite: un vestido color vino, completamente transparente, construido como una ilusión de “nada” que, sin embargo, estaba calculado al milímetro.
La prenda se sostenía con un recurso que fue lo más comentado de la noche —una estructura que simulaba aros en los pezones— y se completaba con una capa a juego y una espalda prácticamente desnuda. La presentación se leyó como una reinterpretación ligada al imaginario de Mugler, con un guiño de archivo y una puesta en escena que convertía el cuerpo en parte del concepto, no en simple provocación.
La polémica no tardó en dividirse. Hubo quien lo interpretó como una jugada pensada para dominar titulares, y quien lo defendió como un gesto artístico coherente con su estética teatral, su narrativa de personaje y su relación con la moda como performance. En medio, reapareció el debate de siempre: el estándar desigual con el que se juzga la desnudez según quién la lleve, y esa línea borrosa entre alta costura, espectáculo y escándalo.
También pesó el contexto: Roan no llegó “de paso”. Llegó como figura central de la edición, con nominaciones relevantes y una visibilidad que ya no depende del azar. Su entrada funcionó como recordatorio de algo básico en el circuito de premios: la alfombra roja no es solo ropa, es control de agenda. En una noche donde muchos looks pelean por segundos de atención, el suyo logró algo raro: detener la conversación y obligar a mirar, para aplaudir o para indignarse, pero mirar.
Por eso, aunque los Grammy reparten estatuillas en el escenario, la alfombra roja también tiene sus premios informales: la imagen que se queda pegada al timeline, la audacia que instala conversación y el riesgo que se vuelve viral. Ese, esta vez, se lo lleva @chappellroan: el vestido más controversial y, al mismo tiempo, el más imposible de ignorar.
Aquí varios de ellos. Hubo quien vistió sobriamente. Otro quien echó mano al plumaje. Y otros.como Karol G, que optó por una cola larga. La colombiana no pasó desapercibida.
Pero… ¿quién se ganó el premio?
No hubo un “mejor de todos” oficial (los Grammy Awards no entregan un premio de vestuario en la alfombra roja), pero si hablamos del consenso mediático de quién se llevó el look más celebrado como “best dressed / stole the show”, el nombre que más se repite es Lady Gaga.
En listas de “mejor vestidas” de varios medios, Gaga aparece encabezando o descrita como quien “robó el show” con su vestido negro de plumas (Matières Fécales) y estética tipo “Black Swan/goth regal”. Al menos así la recogió Harper´s Bazar y también. Vogue.
Dicho eso, hay dos matices importantes:
Primero, muchas publicaciones no eligen “una ganadora”, sino un grupo de mejores looks (por ejemplo, Bad Bunny también se repite mucho en listados). Segundo, Chappell Roan dominó la conversación por lo controversial y por el impacto del “naked dress” (Mugler), pero eso no siempre equivale a “mejor vestido” en el sentido clásico; en varias listas aparece como look fuerte, sí, pero el “consenso” de “la mejor” se inclinó más hacia Gaga.

















