El nuevo choque entre Destino Tolk y Miguelín que hoy «es noticia», no cayó del cielo. Es, más bien, una secuela lógica de una relación marcada por la competencia, la ironía pública y la economía de la atención. Ya hubo un primer round, cuando la salida de Juliette Valle del pódcast De la Vida desató cruces, pullas y un intercambio que mezcló celos profesionales con bromas mal disimuladas. Ahora el detonante se llama El Rancho, un reality de bajo presupuesto que, sin embargo, ha conseguido exactamente lo que necesitaba: ruido, bandos y consumo compulsivo.
El conflicto arranca cuando Miguelín deja caer la comparación que nadie hace inocentemente: El Rancho como “la casa de Temu”, en alusión a algo barato, quizás también en alusión directa a La Casa de Alofoke, ese experimento de semanas de encierro, gritos, vulgaridad y cero contenido formativo que fue devorado por muchos como si fuera un evento histórico.
La respuesta de Destino no se hizo esperar y llegó en su forma más reconocible: frontal, emocional y calculada. Lo llamó envidioso, y le subió la parada al cubano, pidiéndole que “haga la de Amazon Prime” si puede. A diferencia de Miguelín, es justo decirlo, Destino – él mismo lo dice – es un personaje que está generando empleo para varios, moviendo un equipo grande y sosteniendo un proyecto propio frente a cámaras; algo que Miguelín hace con su podcast, pero en mucha menor medida.
Hasta ahí, nada nuevo. Dos creadores defendiendo territorio. Dos egos chocando. Dos audiencias celebrando el encontronazo como si fuera boxeo narrado por streaming. Y créanlo, esto los mantiene vivos en las redes. No dude que, quizás, pueda existir un acuerdo tácito entre ambos, por detrás de todo telón, de decirse «cositas», para precisamente eso: generar contenido y seguir facturando. Una fórmula que se ha empleado otras veces entre otros creadores de contenido y que, si bien no es ilegal, tampoco es muy leal hacerlo. El engaño no es honesto.
Sin embargo, el asunto va más allá del rifirrafe puntual. Lo que realmente se pone en evidencia es la facilidad con la que el público cambia de basurero sin cambiar de hábitos. Se pasó de consumir semanas enteras de ruido vacío en la Casa de Alofoke a consumir, sin transición ni cuestionamiento, el ruido del Rancho de Destino. Mismo mecanismo, distinta escenografía. La gente no está eligiendo mejor contenido; está eligiendo más de lo mismo.
Ni Miguelín ni Destino están haciendo productos didácticos. No lo pretenden. No lo prometen. Sus espacios normalizan en no pocas ocasiones el mal comportamiento, el chiste barato, la frivolidad del análisis de algo complejo sociológicamente de ser analizado; el lenguaje chabacano, la humillación como espectáculo y la exposición constante como valor. Eso, aclaro, no es un delito cultural ni moral. Ambos tienen derecho absoluto a decir y hacer lo que quieran en sus plataformas. El problema no es la existencia de ese contenido, sino su centralidad. El hecho de que se convierta en conversación dominante mientras lo esencial —informarse, formarse, aspirar a algo más que la pelea del día— queda relegado a un plano invisible.
Pongo un ejemplo sencillo: hace dos meses un amigo, joven cubano, residente en Miami, con apenas un décimo (creo) grado de escolaridad, se quejaba de su salario de m…, de su jefe, que le rompe las pelotas y que tiene que inventarla para pagar la renta y sus gastos. Este amigo no habla inglés. Se pasa el tiempo consumiendo estos productos a los que hago referencia arriba – y otros – y cuando yo le sugerí que se superara, que comenzara a estudiar inglés casi que gritó: «Yo no tengo tiempo para eso». Creo que el ejemplo ilustra muy bien lo que quiero decir. Es además de los que cuando debate, expone criterios que son maravilla pura del análisis, si se entiende el sarcasmo.
El Rancho, el cual imagino esté viendo como un demente, no aporta, además, nada nuevo al formato. Es una copia localizada, adaptada a un nicho específico, con recursos limitados y sin ambición real de innovación. No hay ruptura narrativa, ni riesgo estético, ni propuesta ni apuesta que trascienda la anécdota del conflicto. Funciona porque el público ya fue entrenado para consumir ese tipo de producto. Funciona porque la vara está baja. Pensar en una cuarta temporada ya sería optimismo extremo; incluso llegar a una tercera sería mucho decir. ¡Y ojalá!, así varias familias se alimentan.
Miguelín, por su parte, tampoco ocupa un lugar de superioridad moral desde el cual criticar. Su historial de contenido no es precisamente una cátedra de profundidad ni de responsabilidad comunicativa. La disputa con Destino no es una pelea entre fondo y forma, sino entre formas distintas de administrar la frivolidad. Uno se burla del decorado; el otro responde defendiendo el esfuerzo. Ninguno cuestiona el modelo. Ninguno sale del circuito. Y la audiencia, encantada, tampoco lo exige.
Hay algo casi mecánico en todo esto. El conflicto se vuelve contenido. El contenido se vuelve viral. La viralidad se celebra como éxito. Y el éxito se mide en números, no en impacto. Mientras tanto, se normaliza que la atención colectiva se invierta en peleas que no enseñan, no elevan y no incomodan en el buen sentido. Todo se vuelve entretenimiento ligero, rápido, intercambiable.
La pregunta incómoda no es si Destino o Miguelín tienen razón. La pregunta es por qué esto importa tanto. Por qué se sigue premiando el junk content con tiempo, dinero y centralidad, mientras otros discursos quedan arrinconados por “aburridos”. Nadie está obligado a educarse a través de YouTube o de un reality. Pero sí es legítimo preguntarse qué dice de una comunidad el hecho de que lo trivial ocupe casi todo el espacio.
El segundo round entre Destino y Miguelín no va a ser el último. Habrá más cruces, más indirectas, más lives, más clips editados para incendiar redes. Y la gente seguirá entretenidísima. El problema es que, cuando se apagan las cámaras, no queda nada. Solo la certeza de que se volvió a elegir lo accesorio por encima de lo esencial.
Y habrá quien diga que, detrás de cada palabra escrita aquí hay envidia, muy probablemente porque no acaben de asumir que, yo también tengo derecho a decir lo que pienso.

















