Dos cubanos visitan el lugar donde Alberto Juantorena consiguió una hazaña que jamás, ningún otro humano ha podido lograr

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Ni el termómetro clavado en menos 19 grados frenó la peregrinación. Dos cubanos, periodistas ambos, Yasel Porto y Armando Campuzano vinculados a la conversación cotidiana del deporte en redes, llegaron al Parque Olímpico de Montreal y se quedaron un rato allí, con esa mezcla de frío físico y calor de memoria que provocan ciertos lugares cuando se miran desde la emigración. Allí, en ese lugar, el mítico corredor cubano Alberto Juantorena logró una hazaña que jamás, ningún otro humano ha podid igualar.

La escena quedó contada en una publicación de Dporto Sports MEDIA, la página oficial de Facebook de Yasel Porto, donde el autor resume la visita como “un rato extraordinario” en el mismo complejo deportivo que fue corazón de los Juegos Olímpicos de 1976.

El post no se limita a la postal turística. Se planta en un punto concreto: Montreal como escenario de una de las páginas más extrañas de la historia del atletismo, la doble corona olímpica de Alberto Juantorena en 400 y 800 metros.

No es una frase inflada por la nostalgia cubensis: ese doblete sigue registrado como una hazaña irrepetida, un cruce casi imposible entre velocidad y resistencia al máximo nivel en unos mismos Juegos. La propia referencia biográfica más consultada sobre Juantorena, Wikipedia, lo consigna así: ganó ambas distancias en Montreal 1976 y nadie lo ha repetido “hasta ahora”. Eso, traducido al idioma llano del fan, es lo que la publicación llama “una hazaña que jamás, ningún otro humano ha podido lograr”.

El lugar que visitan también es parte del relato. El Parque Olímpico de Montreal mantiene como pieza central el Stade Olympique, inaugurado en julio de 1976 y diseñado para ser la sede principal de aquellas Olimpiadas. Ahí se celebraron ceremonias y pruebas, y ahí el recuerdo deportivo convive con la arquitectura monumental que Montreal convirtió en emblema y, durante años, en dolor de cabeza presupuestario. Hoy el complejo se promueve como un hito cultural y deportivo de la ciudad, con el estadio, la torre inclinada y otras instalaciones alrededor.

En la publicación, el viaje funciona como detonante para repasar, en voz alta, la hazaña deportiva cubana lograda en Montreal 1976. Se mencionan los oros del boxeo de Teófilo Stevenson, Ángel Herrera y Jorge Hernández, y el título de Héctor Rodríguez en judo, además de aquella medalla única del voleibol masculino que todavía aparece como referencia sentimental cuando se habla de generaciones irrepetibles. Algunas de esas medallas están documentadas en recuentos históricos del deporte cubano que confirman la lista de campeones y sitúan a Juantorena como figura central de los seis títulos cubanos en esos Juegos.

Los comentarios debajo del post completan el cuadro: gente que reconoce el nombre de uno de los visitantes, saludos desde Tampa o La Habana, recuerdos de una tarja con los campeones, y también el choque inevitable de la conversación cubana, donde la admiración deportiva convive con reproches políticos y heridas viejas.

Entre el hielo y el cemento, la visita termina siendo otra cosa: una excusa para tocar un punto fijo de la historia, comprobar que sigue ahí, y volver a decir en voz alta que una vez un cubano corrió dos finales olímpicas que nadie más ha conseguido juntar en la misma garganta, un hecho que quedó registrado también en una narración histórica, la del ya fallecido Héctor Rodríguez y aquel grito ensordecedor de que Juantorena llegó «con el corazón».

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