Cubanos desnudan la flotilla humanitaria y exponen sus intereses. Una de ellos, barre con «el kioskero» de Podemos

Havana
nubes dispersas
28.2 ° C
28.2 °
28.2 °
44 %
5.1kmh
40 %
Lun
30 °
Mar
29 °
Mié
27 °
Jue
29 °
Vie
25 °

La flotilla llegó cargada de cámaras, consignas y superioridad explicativa a un país donde los cubanos llevan años viviendo apagones, escasez, derrumbe sanitario y represión.

Pero esta vez el blindaje discursivo no les ha bastado. Enfrente han tenido no solo adversarios políticos, sino jóvenes cubanos, periodistas los tres, que les han dicho en sus caras que no les vengan a hablar de resiliencia, ni de creatividad, ni de romanticismo revolucionario. Que vengan o vayan, si quieren, en todo caso, a escucharlos a ellos también.

La secuencia periodística ha sido rápida, pero no hija de la casualidad. Venía precedida por un contexto muy preciso. El convoy “Nuestra América” fue presentado como una iniciativa para llevar 20 toneladas de ayuda humanitaria a Cuba y denunciar la presión de Washington, con Pablo Iglesias, Gerardo Pisarello y Javier Sánchez Serna entre las figuras políticas españolas visibles del viaje. Varios medios españoles de izquierda han presentado la llegada de ese convoy y han hablado de su discurso centrado en el bloqueo; al mismo tiempo, otros medios españoles hicieron una precisión importante: Iglesias estaba hospedado en el hotel Bristol de La Habana, desde donde describió visitas, encuentros con «los compañeros del Partido», y recorridos políticos y culturales en la isla.

Náyare Menoyo

Justo después de su aparición desde una habitación 5 estrellas, se hizo viral en redes el video de la periodista cubana Náyare Menoyo invitando al exlíder de PODEMOS a pasar un mes en la casa de sus padres en La Habana, sin euros, comiendo lo que le den, sufriendo apagones y falta de servicios básicos. Se lo dijo después de que el exlíder de Podemos dijera desde un hotel en Cuba que la situación era “ciertamente difícil, pero tampoco como se presenta desde fuera”

El video que la lanzó a la conversación pública no tenía nada de sofisticado, y partía de una invitación concreta: ir a una casa real de La Habana, no a un hotel con todos los gastos cubiertos, electricidad y aire acondicionado; con dos padres profesionales que, por tener hijos fuera de la isla, viven en una situación “privilegiada en el contexto cubano”, y probar allí la vida cotidiana del cubano real. Su punto no era retórico. Tan solo pretendía demostrar y desmontar la distancia entre quien opina desde un hotel y quien sobrevive dentro del país.

Menoyo, periodista cubana radicada en España y ganadora del Premio Internacional de Periodismo Rey de España en la categoría de Televisión, compareció horas más tarde, como invitada, en el programa En boca de todos, de Cuatro, en un debate con Pablo Fernández, secretario de Organización de Podemos, a quien cierta prensa española llama «El Kioskero». El debate terminó no solo convirtiéndose en un choque entre el relato ideológico importado y la experiencia cubana contada sin filtro, sino también en una barrida de piso por parte de la joven periodista cubana.

En el programa de Cuatro, Fernández defendió la presencia de Iglesias en el convoy y sostuvo que el exvicepresidente estaba denunciando “el genocidio que está haciendo Estados Unidos”. La ficha era conocida: bloqueo, castigo colectivo, solidaridad internacional. Pero esa vez el libreto no le alcanzó.

Justo cuando ella, después de escucharlo, comenzaba a exponer su versión, Fernández en un típico alarde machista de mansplanning, intentó refutar la idea que llevaba Menoyo y le expresó que ella, tan solo por un deber básico de solidaridad con el pueblo cubano, debía condenar a Trump. Menoyo, sin siquiera respirar le contestó: «tú no tienes que decirme a mí, lo que debo condenar o no».

Menoyo, según reseñaron varios medios tras la emisión, le recordó que la crisis eléctrica en Cuba precede a Trump y que sus padres y abuelos viven en una isla que ella y muchos otros han tenido que dejar.

Y no solo eso. Acusó a Podemos de estar en La Habana en plena “pantomima” para hacerse la foto antiimperialista; y entre los argumentos que expuso había uno muy claro y sencillo: eso que hizo la flotilla humanitaria a Cuba, lo lleva intentando desde hace años la sociedad civil cubana, ayudar a sus semejantes, y ha sido precisamente el régimen «bloqueado» de La Habana el que lo ha impedido.

Segundos después, para cerrar esa idea, le reprochó al «kioskero» que el tiempo de la solidaridad de ellos lo marca la utilidad política, no la urgencia de los cubanos, cuando le reprochó a esa izquierda española que no hable con la diáspora cubana que tiene delante, en Madrid.

El debate se tensó tanto, que desde el plató, Abad terminó lanzándole una pregunta a Fernández que resumía el malestar de fondo: ¿cómo iba a saber él más de Cuba que una cubana?

«El kioskero», horas después, compartió en Facebook un momento de su comparecencia; pero no la parte en que Menoyo lo hizo añicos. En los comentarios que acompañaron ese post, varias voces cubanas y cercanas a la realidad cubana le devolvieron la discusión a tierra. Katherine Bisquet le reprochó que no quieren escuchar al pueblo y le recordó la existencia de más de mil presos políticos.

«(…) Ignorantes oportunistas. El pueblo de cuba NO ES EL GOBIERNO (…) ustedes quieren seguir exportando su ideología de mierda para seguir cobrando sus salarios. No les importan los cubanos, les importa blanquear la dictadura,» expresó.

Otra periodista cubana residente en España, Natasha Vázquez, le echó en cara que no compartiera “la restregada por el suelo” que, a su juicio, le había dado Menoyo en el programa, mientras defendía a una dictadura desde España y, según la crítica, con Iglesias disfrutando “el parque temático de la miseria” desde un hotel cinco estrellas. El cineasta Pavel Giroud, por su parte, resumió otra objeción extendida: durante los 365 días del año existen vías para enviar ayuda a Cuba, así que el problema no es solo llevarla, sino convertir ese gesto en vitrina política. Todos estos comentarios muestran que la discusión ya no se está librando solo entre gobiernos o partidos, sino entre quienes intentan administrar el relato y quienes se niegan a que les expliquen su propia ruina.

Carlos Manuel Álvarez

Precisamente ahí es donde algunas de las objeciones vertidas en una prosa excelente por parte del joven periodista y escritor cubano Carlos Manuel Álvarez, dejaron de ser comentarios laterales y pasaron a tocar el centro del problema. Carlos Manuel no discutió —como tampoco lo hizo Menoyo— la utilidad material de la ayuda de la flotilla humanitaria en abstracto; lo que cuestionó es la lógica política y simbólica que organiza la llegada de esa flotilla.

En su texto en EL PAÍS, y reproducido por él en su totalidad en su perfil de Facebook, habla de “colonialismo emancipatorio” para describir una práctica que, bajo apariencia solidaria, termina reproduciendo una relación extractiva con Cuba: no se entra al país para escuchar una realidad concreta, sino para usarla como soporte moral de una narrativa ya armada. Su crítica fue contra esa izquierda que necesita reservarse el monopolio de la indignación frente a Washington, aunque para eso tenga que minimizar o desplazar la violencia, la desigualdad y la pobreza generadas dentro de la propia isla. En esa lectura, el problema no es solo lo que dicen de Cuba, sino el modo en que la convierten en escenario de una superioridad ética prefabricada.

Una de las frases más duras y aterrizadas en la realidad de Carlos Manuel no va dirigida a la ayuda, sino al momento escogido para llevarla, al señalar que la flotilla pudo haber llegado “hace cinco meses, hace dos años o hace cuatro”, porque la situación cubana no empezó ahora; lo que cambió fue la utilidad de la imagen, la oportunidad de tomarse una “foto antimperialista”.

Sus señalamientos se volvieron especialmente incisivos y encadenaban ya la idea dicha por Menoyo en la TV española: la cronología de la solidaridad no la marca el hambre de los cubanos, ni la precariedad acumulada, ni el colapso de los servicios básicos, sino el momento político en que esa presencia puede rendir simbólicamente. De ahí también su idea de que la expedición tiene una “impronta turística”: no porque todos sus participantes viajen con frivolidad consciente, sino porque históricamente Cuba ha sido convertida demasiadas veces en un decorado donde otros ensayan su épica.

Esa crítica se vuelve todavía más filosa cuando Carlos Manuel describe la flotilla como una forma de consumo ideológico. La ayuda, en su planteamiento, termina funcionando como el precio de entrada a una experiencia moral: unas toneladas de insumos a cambio de la posibilidad de vivir la emoción de la solidaridad, de estremecerse ante la ruina, de regresar luego al propio país con la tranquilidad de haber estado “del lado correcto”. Su reproche no es sentimental, sino político: esa emoción del visitante puede convivir perfectamente con la invisibilización del cubano concreto, del trabajador, del vecino, de la gente atrapada en la economía real del desastre. En otras palabras, el altruismo importado no necesariamente corrige la desigualdad; a veces la administra y la estetiza. Y en Cuba, sugiere él, esa operación sale especialmente barata: no hay mejor lugar para parecer revolucionario a bajo costo que una isla devastada donde todavía sobreviven los símbolos de una vieja utopía.

Yunior García Aguilera

Curiosamente, pudiera decirse, el joven dramaturgo cubano, analista sociopolítico de la realidad cubana y devenido ahora, también, periodista, Yunior García Aguilera, llegó simultáneamente una conclusión parecida, pero por una vía menos ensayística y más frontal. En su entrevista con EL ESPAÑOL describió la situación actual de Cuba con una palabra que no deja demasiado margen: “colapso”. Sostuvo que la crisis humanitaria viene de hace tiempo, que se agravó a partir de 2020 y que, si el régimen continúa sin cambios reales, el país puede derivar hacia un “Estado fallido permanente”. Luego, descargó una fuerte crítica contra ciertos gobiernos y partidos europeos, a quienes acusó de practicar la hipocresía. Dijo, de forma literal, que apoyar a un régimen así y llamarse progresista resulta hipócrita, porque implica defender en nombre del progreso un sistema que reprime, encarcela y bloquea a su propia ciudadanía.

En esa entrevisa, hay un punto de Yunior que conecta de manera directa con lo que Náyare Menoyo le reprochó a Pablo Fernández en televisión: si de verdad quieren entender Cuba, los políticos españoles deberían acercarse más a los cubanos que viven en España.

Esa idea aparece de forma expresa en la entrevista, donde plantea que la comunidad cubana en el exterior podría explicar mejor que nadie qué país dejó atrás, qué tipo de cambio desea y por qué no basta repetir el esquema simplista del bloqueo para entender lo que ocurre. En otro momento va incluso más lejos: dice que el conflicto cubano no debe seguir leyéndose como una simple pelea entre Cuba y Estados Unidos, sino como una tragedia interna, “de cubanos contra cubanos”, donde el régimen ha usado y usa la coerción contra su propio pueblo.

Luego, remató con una queja que toca el nervio del debate madrileño, al denunciar que, cada vez que se organizan eventos sobre Cuba en Madrid, a menudo a los propios cubanos residentes allí se les impide la entrada. Esa exclusión, más que un detalle, revela una forma de solidaridad sin interlocutores reales y no es una queja abstracta: el propio Yunior y su esposa, la productora Dayana Prieto, fueron impedidos de entrar a un evento sobre «la realidad cubana» en Madrid, organizado por la izquierda española hace tan solo tres semanas.

Visto así, Carlos Manuel y Yunior no están diciendo lo mismo que Menoyo con palabras distintas por mera coincidencia. Uno desmonta la escenografía moral de la flotilla y muestra cómo Cuba puede ser usada como reserva simbólica por una izquierda que necesita dramatizar su antiimperialismo. El otro baja esa crítica al terreno práctico y político: denuncia la hipocresía de quienes se proclaman progresistas mientras respaldan o blanquean a una dictadura, y exige que hablen con los cubanos que tienen delante, no solo con las instituciones y los cuadros que les confirman sus prejuicios. Entre ambos dibujan una acusación bastante completa: el problema de esa solidaridad no es únicamente lo que calla sobre Cuba, sino que no escucha a los cubanos del disenso, a quienes convenientemente deja fuera.

Dice mucho que tres personas jóvenes, formadas, con registros tan distintos, lleguen casi al mismo centro de gravedad. Carlos Manuel desde una prosa más conceptual y literaria; Yunior desde la claridad política del exilio y la experiencia del enfrentamiento directo con el poder; Náyare desde la intervención periodística, concreta, televisiva, aterrizada, sin rodeos. Ninguno habla igual. Ninguno ocupa el mismo lugar. Ninguno arma su discurso para el mismo público. Y, sin embargo, los tres terminan señalando una estructura común: la instrumentalización de Cuba, la conversión del dolor cubano en argumento ajeno, la obscenidad de hablar en nombre del pueblo sin escuchar al pueblo real.

Los tres rompen con su discurso una coartada muy usada: la de descalificar toda crítica como si proviniera siempre del mismo sitio ideológico, del mismo exilio duro, del mismo libreto. Aquí no. Aquí hay matices, estilos, trayectorias y hasta zonas políticas distintas. Y aun así coinciden, no elaborando consignas, sino ofreciendo un diagnóstico.

También dice algo sobre la madurez de cierta generación cubana. Durante años, el debate sobre Cuba quedó atrapado entre aparatos propagandísticos, consignas viejas, nostalgias ideológicas y extremismos de uno y otro lado. Lo que aparece en estas tres voces es otra cosa: gente con lenguaje propio, con capacidad de pensar sin pedir permiso, que no necesita repetir ni el catecismo oficial ni la rabieta automática para detectar una impostura. Esa coincidencia, precisamente porque no es calcada, tiene más peso.

Y hay algo más: cuando tres voces así llegan a lo mismo desde lugares distintos, el problema deja de parecer una mala interpretación aislada y empieza a parecer una verdad que se está volviendo demasiado visible para seguir maquillándola. Ahí es donde se le complica el panorama a quienes pretendían controlar el relato. Porque ya no están respondiendo a un solo adversario ni a un solo tono. Están siendo interpelados desde varios ángulos a la vez.

Eso, en efecto, les dice a la izquierda mundial, que ya no les está fallando solo la propaganda sobre Cuba. Les está fallando tambien el monopolio de la explicación única de un problema que ellos, ninguno de ellos, ha vivido o vive.

El golpe más fuerte que ha recibido toda esta izquierda, no ha sido un dato, sino una pérdida de autoridad. Los de la flotilla, al igual que el portavoz de Podemos, han aparecido por estos días defendiendo una narrativa clásica de la izquierda española y europea sobre Cuba, y han terminado enfrentando opiniones en las redes de cubanos como estos jóvenes periodistas cubanos que, desde ángulos distintos, todos anti Trump, le han vaciado el decorado.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

¿Quieres reportar algo?

Envía tu información a: [email protected]

Lo más leído

Quizás te interese

¡RECARGA X 6 + Internet Nocturno!RECARGAR
+