Cinco días después del Super Bowl LX, el show de medio tiempo de Bad Bunny sigue funcionando como detonante político en Washington y como guerra cultural de baja intensidad en redes. Lo que en la cancha fue un espectáculo de 13 minutos con estética caribeña y guiños identitarios, fuera del estadio se ha convertido en material de cartas, pedidos de investigación y una cadena de indignaciones que se retroalimentan a golpe de titular y clip recortado.
La fase más formal de esa controversia llegó cuando legisladores republicanos pidieron que la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) revise el show, bajo el argumento de que habría contenido “indecente” o “ilegal”, y apuntaron también a la NFL y a NBC por el proceso de aprobación de la presentación. Axios subrayó un detalle que enfrió parte del escándalo: varias de las letras “explícitas” citadas por críticos fueron traducciones literales de canciones, pero no necesariamente fragmentos interpretados tal cual durante el halftime.
El asunto, sin embargo, ya se movía en otra lógica: la del símbolo. TIME explicó que la selección de Bad Bunny venía cargada de una lectura política desde antes de que sonara la primera nota, y que la discusión alrededor del show se mezcló con la conversación nacional sobre identidad, idioma y el lugar de Puerto Rico en el imaginario estadounidense. En esa lectura, la polémica no dependía tanto del contenido exacto de una estrofa, sino de la idea de que el evento cultural más masivo del país podía estar dominado por un artista que canta mayoritariamente en español y que, además, ha sido crítico con políticas migratorias.
La disputa también subió de tono por el carril de la pelea partidista. Yahoo recogió el momento en que Alexandria Ocasio-Cortez se burló de Donald Trump por mostrarse confundido o irritado con la actuación, al decir que «él no entendió ni una palabra de lo que dijo Bad Bunny». La congresista de origen latino, riéndose, expresó: «Yo tampoco entiendo la mitad de las veces lo que él dice, así que lo siento por él», dijo refiriéndose a Trump; un cruce que confirmó que el halftime ya no está discutiéndose solo como espectáculo, sino como episodio del ciclo político. Y como suele pasar, el ruido no quedó contenido en Washington: figuras mediáticas en Estados Unidos recibieron críticas y terminaron pidiendo disculpas tras comentarios despectivos o equivocados sobre el show, incluyendo confusiones con banderas y ataques a la presencia del español en un escenario masivo.
La controversia se alimentó también por el costado más pop: la ropa. Vogue contó que Bad Bunny eligió un look blanco de Zara y un jersey con “Ocasio” y el número 64, interpretado por algunos como referencia familiar, y convirtió el vestuario en otra capa de conversación pública, entre el homenaje, el gesto estético y el mensaje de pertenencia. Ese detalle, que en otro contexto quedaría en páginas de moda, aquí terminó sumándose a la narrativa política del show.
El resultado de esta semana rara es que un performance pensado para ser visto y olvidado en una noche terminó comportándose como prueba de Rorschach: unos vieron propaganda, otros representación, otros negocio, otros una provocación innecesaria. El dato duro es que el show sigue generando reacciones en cadena, y que la discusión se ha desplazado del “me gustó/no me gustó” a la pregunta por quién decide qué es “americano” cuando el país se mira a sí mismo frente a una pantalla gigante.
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