Bruno Rodríguez citó una investigación del Observatorio de Medios de Cubadebate sobre más de 40 videojuegos donde aparece Cuba. Según el canciller, esa representación fija estereotipos y empuja una narrativa con desenlace “ya escrito”: intervención o derribo del Gobierno.
En una semana, Israel Rojas publicó tres textos políticos y uno personal que, leídos en orden, construyen una secuencia de trinchera, juramento, cierre y ajuste de cuentas.
La pausa del petróleo mexicano a Cuba fue presentada fuera de la Isla como un freno concreto, y dentro como una reafirmación “soberana”. El contraste muestra cómo el oficialismo cambia el centro del debate: del combustible que falta a la épica que conviene.
El mismo Estado que en Santiago de Cuba difundió falsas muertes por “alumbre” presume en La Habana de investigar penalmente a directivos de El Toque. Entre la desinformación en medio de una crisis de agua y la fabricación de enemigos mediáticos, queda al desnudo el verdadero rigor informativo oficialista.
La figura de Díaz-Canel, que nunca llegó a despertar entusiasmo genuino, parece ahora el punto de convergencia del hartazgo. La torpeza de su respuesta a la anciana no es una anécdota, sino un símbolo: en la Cuba del 2025, el poder habla sin escuchar y pretende empatía con discursos mientras el pueblo exige hechos.
En un país que aún carece de un sistema público y auditable de datos en emergencias, el periodismo —esté en Santiago o en Miami— vuelve a ocupar un rol de primera respuesta informativa. La muerte de Roberto Pedrera, con nombre y apellido, no solo corrige una estadística; señala un modo de narrar la tragedia que deja a los ciudadanos a oscuras. Y recuerda, de paso, que la verdad en Cuba rara vez entra al parte por la puerta de servicio: el pueblo empuja y la prensa la sostiene. Hoy, esa verdad se llama Roberto. Y desmiente.
Con el amanecer del 29, Melissa ya había tocado tierra por Guamá con vientos cercanos a 200 kilómetros por hora, y el discurso oficial insistía en la épica de la resistencia mientras la gente pedía información clara, órdenes coherentes y ayuda tangible.
La designación no habla solo de Crespo Baquero; habla del sistema que la produce y la protege. En Cuba, el mérito que pesa no es la gestión pública verificable, sino la lealtad y la utilidad narrativa. Por eso, aunque el currículum exhiba baches, el ascensor ideológico sigue funcionando.