El ultimátum de Trump reabre el debate sobre qué exigiría Washington a La Habana: elecciones y presos políticos aparecen como condiciones centrales, pero improbables.
Trump aprieta con petróleo y La Habana responde con soberanía, pero el debate vuelve a ocurrir sin consulta real a un país agotado por décadas de precariedad.
La pregunta de si al caer Venezuela “cae” Cuba tiene fundamentos concretos en los lazos de dependencia energética, militar y diplomática. Que Cuba sobreviva a una eventual crisis venezolana depende en gran medida de su capacidad de diversificar alianzas, reducir vulnerabilidades y revertir la senda de suministro decreciente que hoy marca su horizonte.
La figura de Díaz-Canel, que nunca llegó a despertar entusiasmo genuino, parece ahora el punto de convergencia del hartazgo. La torpeza de su respuesta a la anciana no es una anécdota, sino un símbolo: en la Cuba del 2025, el poder habla sin escuchar y pretende empatía con discursos mientras el pueblo exige hechos.
Nada de lo que pueda decir el oficialismo sobre cargamentos de ayuda logran borrar el contraste entre los anuncios y escenas como estas: una madre en Holguín pidiendo solo comida para cuatro niños, una anciana tirada sobre un amasijo que debería ser un colchón, comunidades enteras aún esperando algo tan básico como una cama y un techo seco.
En Cuba, las crisis no sorprenden. Lo único que sorprende es que sus dirigentes sigan convencidos de que tienen derecho a administrarlas después de haberlas ignorado durante meses.
La propuesta, presentada en Miami por el diputado ucraniano Maryan Zablotskiy, incluye el envío a Cuba de los cuerpos de 41 nacionales identificados como muertos en combate del lado ruso, y condiciona la salida de prisioneros a un gesto simultáneo del régimen hacia parte de los más de mil encarcelados por motivos políticos en la isla.