Mientras autoridades cubanas aseguran que las arbovirosis podrían estar bajo control a inicios de 2026, el sistema de salud permanece en alerta ante la posible llegada de la influenza A H3N2 subclado K, detectada ya en más de 35 países. Entre modelos matemáticos optimistas, llamados a la vigilancia epidemiológica y un contexto sanitario frágil, la promesa de salud vuelve a situarse en el futuro inmediato.
El Departamento de Salud de Florida confirmó 149 casos de chikungunya en personas que viajaron recientemente a Cuba, con Miami-Dade como principal foco. La cifra refleja el impacto directo del brote que atraviesa la isla, donde se han reportado decenas de miles de infecciones y al menos 21 muertes, y reactiva las alertas sanitarias para viajeros en el sur de Estados Unidos.
La epidemia de dengue y chikungunya en Cuba no explica por sí sola las al menos 87 muertes registradas entre octubre y noviembre. Detrás del colapso sanitario hay una cadena más profunda: hambre, desnutrición infantil, déficit vitamínico, falta de agua potable, apagones interminables, basura acumulada y hospitales sin recursos. Lejos de los 33 fallecidos que reconoce el Gobierno, la crisis revela un Estado incapaz de sostener la vida.
La temporada alta comienza para Cuba bajo una tormenta perfecta: apagones masivos, epidemias de dengue y chikungunya con decenas de muertos, advertencias sanitarias de varios países y un deterioro profundo de servicios básicos. Mientras gobiernos como Reino Unido, Canadá y Rusia recomiendan cautela —e incluso evitar viajar—, el turismo internacional se retrae y la isla se acerca a la que podría ser su peor temporada turística en décadas.
Una cubana que padece chikungunya asegura que nunca había sentido un dolor semejante, ni siquiera durante el parto, y su relato ha encendido un debate sobre cómo el virus está reescribiendo la escala de los dolores en Cuba. La enfermedad, ya de por sí devastadora, golpea aún más fuerte en un país donde la inflación, los apagones, la falta de medicamentos y la precariedad sanitaria convierten cada síntoma en una carga casi imposible de sobrellevar.
En Cienfuegos, Camagüey y otras provincias, la muerte ya no es solo un rito; es un pasillo saturado, un nicho compartido, un silencio oficial que pesa más que el mosquito que la trae. La cuenta avanza, y mientras tanto, nombres se suman a la lista sin que haya explicación oficial, solo fosas abiertas.
Un desastre que no es solo económico, ni solo climático, ni solo sanitario, ni solo político, sino la suma de todos ellos sobre una población agotada, enferma, mal alimentada y sin horizonte claro dentro de su propio país. Lo que está en juego hoy no es la retórica de la “resistencia” ni la épica de las sanciones, sino la posibilidad misma de que esa sociedad siga funcionando sin romperse del todo.
Expertos confirman pico de chikungunya en Cuba y riesgo por transmisión vertical: recién nacidos y embarazadas, los más afectados, mientras el Gobierno promete “priorizar” controles.
En Cuba, las crisis no sorprenden. Lo único que sorprende es que sus dirigentes sigan convencidos de que tienen derecho a administrarlas después de haberlas ignorado durante meses.