Córdoba amaneció este martes con una doble escena superpuesta: el trabajo todavía quirúrgico de los equipos de rescate y retirada en Adamuz, y una ola de relatos personales que, a medida que pasan las horas, van dando una dimensión humana a lo que sobre el papel ya es una cifra devastadora.
El accidente entre un Iryo Málaga–Madrid y un Alvia Madrid–Huelva ha elevado el número de fallecidos a 41 y mantiene a decenas de heridos aún hospitalizados, en un suceso que las propias autoridades han descrito como raro y difícil de explicar por ocurrir en un tramo de alta velocidad, recto y renovado recientemente.
En ese contexto de duelo y de preguntas abiertas, Felipe VI y Letizia viajaron a Córdoba para visitar la zona del siniestro y a los heridos. Según la información difundida por Casa Real, su agenda incluye el puesto de mando en Adamuz, el Centro Cívico Poniente Sur y el Hospital Universitario Reina Sofía, el centro con mayor número de ingresados tras el choque.
La visita se produce después de que la tragedia los sorprendiera en Atenas, adonde habían acudido por el funeral de la princesa Irene de Grecia, y tras adelantar su regreso a España.
Mientras el país mira hacia Córdoba, los testimonios de supervivientes empiezan a fijar escenas concretas: el ruido del impacto, la oscuridad, la confusión sobre si había un solo tren o dos, el miedo a quedarse junto a las vías y la necesidad de romper cristales para salir.
Aquí algunos de esos testimonios.
Uno de los relatos que más ha circulado es el de Lola Beltrán, pasajera onubense del Alvia, que regresaba de Madrid tras un examen de oposición. Su billete era para el vagón 3, pero se cambió al 5 para viajar con una compañera. Ese gesto, contado por ella misma, se convirtió en la frontera entre la vida y la muerte.
“Me cambié de vagón y volví a nacer”, dijo al recordar que los coches delanteros fueron los que se llevaron la peor parte.
En paralelo, también han trascendido historias de familias que aún esperaban confirmaciones y de otras que han tenido que asumirlas en tiempo real.
RTVE recogió el testimonio de Fidel Sáez, que se desplazó a Córdoba mientras seguía pendiente del rescate de su madre, atrapada en el primer vagón del Alvia. En su relato aparece el contraste brutal de esa noche: hijos, sobrino y hermano que logran salir con vida, y una madre que queda en el interior de un coche al que todavía no se había podido acceder con seguridad.
“Hay que decir más te quiero”, repitió, con una frase que resume la vulnerabilidad de una tragedia ocurrida en segundos.
Y dentro de esa misma ola de testimonios, hay un detalle que se volvió viral por un motivo distinto: la búsqueda de Boro, el perro que viajaba con una pasajera herida leve del Iryo.
En un clip difundido por RTVE, Ana pide ayuda para localizarlo mientras su hermana, embarazada, permanece ingresada en la UCI. La desaparición del animal, que habría salido corriendo tras el impacto, ha generado una cadena de mensajes, avisos y también desmentidos sobre supuestos hallazgos.
Medios que han seguido el caso describen a Boro como un perro asustadizo y advierten de la circulación de bulos alrededor de su rescate, en un contexto donde la ansiedad colectiva busca agarrarse a cualquier noticia con final feliz.
La visita de los reyes, los relatos de quienes se salvaron por segundos y la búsqueda de Boro conviven hoy con una certeza más dura: el accidente sigue siendo un escenario en movimiento, con investigación abierta y con familias que todavía miden el tiempo en llamadas, listados y confirmaciones oficiales.



















