Washington advirtió a La Habana que no interfiera con el envío de asistencia humanitaria para damnificados del huracán Melissa, canalizada a través de organizaciones no gubernamentales, y en la misma semana la embajada de EE.UU. anunció que el 16 de enero limitaría servicios por un acto oficial que restringe el acceso al edificio. En paralelo, funcionarios cubanos de turismo salieron a tranquilizar a Canadá con el mensaje de que “todo sigue igual”, mientras el debate energético crece. Hay dudas sobre la capacidad de Pemex para sostener el suministro a la isla bajo una presión geopolítica que vuelve a subir.
Trump aprieta con petróleo y La Habana responde con soberanía, pero el debate vuelve a ocurrir sin consulta real a un país agotado por décadas de precariedad.
Una turista argentina relató una estafa al llegar a La Habana y aun así dijo que “es un paraíso”. Días antes, la actriz cubana Anniet Forte denunció un episodio de racismo en la entrada de un local nocturno. Dos escenas distintas, la misma ciudad al desnudo.
Florida vuelve a destacar en los listados nacionales: un informe de WalletHub sitúa a varias de sus ciudades entre las de mayor presupuesto navideño del país, mientras dos asadores de Miami entran en la élite gastronómica de Norteamérica. Entre consumo robusto y propuestas culinarias premiadas, el estado reafirma su lugar como uno de los grandes escaparates de Estados Unidos.
La temporada alta comienza para Cuba bajo una tormenta perfecta: apagones masivos, epidemias de dengue y chikungunya con decenas de muertos, advertencias sanitarias de varios países y un deterioro profundo de servicios básicos. Mientras gobiernos como Reino Unido, Canadá y Rusia recomiendan cautela —e incluso evitar viajar—, el turismo internacional se retrae y la isla se acerca a la que podría ser su peor temporada turística en décadas.
Turistas que viajan a Cuba denuncian que la Aduana está confiscando gafas Ray-Ban Meta y otros lentes inteligentes con cámara integrada. Aunque prometen devolverlos a la salida, varios viajeros reportan tensiones, pagos adicionales y largas esperas. Desde 2019, Cuba prohíbe dispositivos de grabación encubierta, una medida que toma por sorpresa a visitantes desprevenidos.
Miami Beach se rinde ante el brillo navideño de Mariah Carey con un bar temático de dos pisos donde su música, su estética y su sentido del humor camp dominan cada rincón. Entre mariposas, cócteles con licor de la propia cantante y un buzón para escribirle cartas, el Mariah Carey Holiday Bar se convierte en la experiencia más festiva —y más Mariah— de la temporada.
Un desastre que no es solo económico, ni solo climático, ni solo sanitario, ni solo político, sino la suma de todos ellos sobre una población agotada, enferma, mal alimentada y sin horizonte claro dentro de su propio país. Lo que está en juego hoy no es la retórica de la “resistencia” ni la épica de las sanciones, sino la posibilidad misma de que esa sociedad siga funcionando sin romperse del todo.
Una joven tunecina anunció en Facebook que viajaría sola a Cuba y recibió respuestas opuestas: advertencias severas sobre epidemias, escasez y delincuencia, junto a una avalancha de ofertas de alojamiento, negocios y guías informales. El hilo revela la tensión entre hospitalidad, necesidad económica y un país sumido en crisis.
No se trata de sacrificar el turismo sino de mover piezas con inteligencia. El Estado puede y debe sacrificar una parte acotada de su planta, priorizando lo ocioso y lo cerrado, combinando alojamiento temporal con la rotación de inventarios y la reconversión de inmuebles públicos. El beneficio social inmediato, el ahorro presupuestario y la reducción de daños sanitarios justifican con creces el desgaste adicional y el pequeño coste de oportunidad. Y si se hace con reglas, plazos y cuentas a la vista, ni el turismo se colapsa ni la gente sigue durmiendo en el suelo.