en notas del Banco Central, en conceptos que suenan científicos con promesas del pronto establecimiento de un mercado cambiario estable. Pero ahí afuera la vida transcurre en otra dimensión: la del salario que se evapora, la del huevo que dobla su precio en una semana, la del aceite que aparece dos días y luego se esconde un mes. Lo que el Estado llama “moderación” es, en la vida real, una especie de agónico sostenimiento a base de inventos.