Tras aparecer en una kiss cam durante un concierto de Coldplay, Kris Cabot perdió su empleo y fue blanco de acoso y amenazas. Su testimonio expone cómo la viralidad castiga de forma desproporcionada a las mujeres.
Samantha “está más apagada que las provincias orientales”, dijo Sandro. No solo la humilló y la instrumentalizó, tal y como hacía su abuelo con las mujeres en la política. Se burló también, de forma cruel, de una tragedia cotidiana que afecta a millones de cubanos.
La discusión no promete apagarse rápido. En una época en que las redes funcionan como arena pública, el episodio sirve para poner en primer plano un viejo debate que vuelve con energías renovadas: qué historias contamos, quiénes las cuentan y con qué autoridad. Mientras tanto, la grabación circula, se comparte y se analiza, y la influencer —que en otros momentos ha cosechado aplausos por contenidos menos polémicos— enfrenta ahora la tarea de explicar si hablaba en serio, en broma o, acaso, si supo medir las consecuencias de su propia retórica.
Las declaraciones de Verónica Gallardo han generado un debate significativo sobre la responsabilidad de las figuras públicas en la promoción de un discurso respetuoso e inclusivo, especialmente en temas tan sensibles como la migración y la diversidad cultural.