A dos años de la muerte de Juana Bacallao, denuncias públicas insisten en que su bóveda en el Panteón de la Cultura sigue sin lápida visible. El caso reabre críticas por desidia institucional y por un patrón de reconocimiento selectivo en la memoria cultural cubana.
Más allá de este caso, la publicación ha reactivado conversaciones sobre la cantidad de historias inconclusas que dejó aquel éxodo y sobre la necesidad de articular redes cívicas que ayuden a cruzar datos de manera responsable, protegiendo la privacidad pero favoreciendo los reencuentros. Para Marta, Roberto y Esteban, se trata, ante todo, de un acto de memoria: saber qué fue de su madre y, si es posible, volver a abrazarla. Si no, al menos conocer su destino para poder cerrar una herida que lleva 45 años abierta.